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Un-written

14 junio, 2012

Le temblaban las manos y entre los dedos inquietos sujetaba un libro. No recuerdo cual era y la verdad, es lo de menos.

Llevaba un par de siglos esperando, en tiempo real, no más de veinte minutos. Aunque en ese siglo impreciso había acabado alrededor de dos capítulos, lo cierto es que hacía por lo menos diez páginas que no estaba leyendo. Paseaba los ojos sobre las letras como una suave caricia sin precisión, sin insistencia. Como quien recorre al pasar con el dedo el borde de una mesa. Y lo cierto es que si le hubieran puesto el libro al revés, no se habría dado cuenta.

Para cuando asumió que la lectura era una pérdida de tiempo él ya estaba sentado, ajeno a su presencia,  junto a ella.

No recordaba haberle visto llegar. Al parecer, fingir la lectura había logrado distraerla.  Y él estaba, como antes estuvo ella, sumergido en una historia de papel, hundido en un mar de letras.

Ella no pudo más que preguntarse dos cosas. La primera, si él estaría también fingiendo leer para matar los nervios. La segunda, si esta distancia absurda no era más que una analogía de su historia. Si absortos en la ficción imposible no habría perdido una realidad efímera.

Y no esperando o no queriendo esperar una respuesta, decidió que harta de leer cuentos de otros, hoy empezaba su historia.

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