Archive for 28 febrero 2012

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In-vencible

28 febrero, 2012

Recuérdame que las pequeñas cosas serán las que hagan saltar mi sonrisa.

Recuérdame que si hoy no es un buen día, siempre habrá un mañana.

Recuérdame que cada vez que dije “no puedo más”, pude con todo.

Recuérdame que esa a la que miro cada mañana en el espejo, nunca me ha fallado.

Recuérdame que si tengo que caer, mejor desde lo más alto.

Recuérdame que un día dije “¡basta!” y fue suficiente.

Recuérdame todas las veces que sonreí entre lágrimas.

Recuérdame que en mi vocabulario, no entra la palabra rendirse.

Recuérdame que las cosas más grandes de esta vida, se encuentran en pequeños rincones.

Recuérdame que el regalo más grande del mundo será siempre una sonrisa.

Recuérdame que lo que se guarda de los besos es la parte más dulce.

Recuérdame que lo que se guarda de las personas son los buenos recuerdos.

Recuérdame, cuando no encuentre el prefijo, que se escribe “invencible”. 

Lunademediatarde

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Estación-ada

27 febrero, 2012

No puedes recordar dónde empezó.  Tampoco hayas en tu memoria el por qué. No quién eras entonces, ni hacia dónde te dirigías… Tu primer recuerdo es estar ahí, sentada. Y tener la sensación de que el tiempo corre a un ritmo vertiginoso. De que el mundo parece moverse a una velocidad extrema bajo tus pies. Pero tú estás ahí, en el principio, inmóvil.

Las hojas que cayeron al suelo durante el otoño dieron paso a los vientos helados del invierno. Y los vientos helados reagruparon las nubes que regaron las flores que vieron nacer la primavera. Las que arrancaste para decorar tu pelo justo antes de que el verano pudiera quemarlas.

Y volvieron a sacudir los árboles sus ramas y la nieve cubrió de nuevo tus alas. Y las lluvias te arrastraron hasta el prado en que volviste a ver el sol en lo más alto del verano.

Pero por mucho que haya podido girar el mundo, lo cierto es que tú sigues allí sentada. 

Lunademediatarde

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Conduce-me

19 febrero, 2012

Lo notas. No lo sabes con seguridad pero lo notas. Es una sensación. Te hace estremecer. Sientes como se eriza el vello de tu nuca y tus mejillas se sonrojan. Te derrites.

Entonces, le miras. Te mira. Clava sus ojos en los tuyos refugiado en el valor de no volver a veros nunca. Tiemblas. Apartas la mirada. Sonríe.

Enredas entre la falda los dedos. Humedeces con la lengua tus labios y vuelves a levantar tus pestañas asomando una mirada atrevida por encima de las gafas. Se acerca. Pero el vagón sigue siendo inmenso ante tus ojos. Demasiado lejos…

Y mientras recorre con sus pupilas todo tu cuerpo sientes que te desnuda en su cerebro. Te excita. El rojo de tus mejillas se acentúa y una ola de calor te lleva a quitarte suavemente la bufanda haciéndola girar alrededor del cuello. Te muerdes los labios. Y él, con emoción contenida, vuelve a girar la cabeza.

Le miras. Es demasiado. No puedes seguir soportándolo. Y continúa imaginando tu cuerpo tendido sobre el suyo mientras clava su mirada en tus ojos cerrados.

Con un brusco frenazo se para el metro y adviertes que, tras echarte un último vistazo, se dirige hacia la puerta. ¡Mierda!, piensas. Y cuando él ya ha cruzado la puerta hacia donde se pierden los besos que no has dado, te precipitas.

No piensas. Actúas. Saltas del vagón y te quedas en el andén quieta. A punto de subir las escaleras, se para. Gira hacia ti la cabeza. Te mira. Para entonces te has dejado en la estación anterior la vergüenza y no le apartas la mirada.

Sin pensárselo dos veces, te empuja fuerte contra la pared y sujeta suavemente con sus manos tu cintura para llevar luego sus dedos donde acaba tu falda y empieza la locura. Y te arranca el beso que se cansó de pedir a gritos con los ojos en el trayecto del metro.

Y el resto es historia. Al llegar por fin a su casa no hizo falta desnudarse porque en aquel vagón ya os dejasteis la ropa.

 Lunademediatarde

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Des-control

15 febrero, 2012

Aunque no lo diga, aunque lo ignore… toda mujer necesita, cada cierto tiempo, sentirse deseada. Y la lujuria se reflejaba en los ojos de él cuando la miraba.

Ella temblaba de placer con cada roce de su piel y cada gemido. Recorrió con sus manos su espalda y lo apretó contra su pecho. En medio de mordiscos y besos preguntó.

– ¿Sigues con ella?

– Si. – casi sin dejar de besarla respondió.

– ¡Joder!-. Gritó enfadada, aunque no sabía si con ella por preguntar o por la respuesta de él.

– ¿Qué pasa?- masculló confundido.

Y mientras él hablaba ella en su mente repasaba cada cicatriz del corazón y contaba los días que hacían que nadie la besaba.

En medio de la confusión y casi sin mediar palabra volvió a agarrar su cuello y a jugar con su lengua en la garganta y a perderse en su edredón.

– Voy a hacer las cosas mal por una noche- pensó.

Y se dejó el romanticismo entre las sábanas del que con ella a su novia engañaba. 

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In-sensible

13 febrero, 2012

No envidio los 14 de febrero. Ni las rosas rojas, los bombones, las cenas románticas o los osos de peluche. La esencia del romanticismo no se esconde en días señalados, ni en colores, ni en tarjetas.

Envidio las miradas furtivas. El brillo en los ojos. Las sonrisas a medias.

Envidio las manos que juegan, desesperadas, a buscar el contacto de otra piel bajo la mesa.

Envidio los, nada incómodos, silencios.

Envidio las miradas entrelazadas que lo dicen todo.

Envidio los entrelazados labios que no necesitan decir nada.

Envidio la seguridad de un abrazo y la calidez de compartir la cama.

Envidio los besos ajenos. ¡Eso!

Sobre todo, envidio los besos.

 

Ya lo decía Anna en el círculo polar, “yo también quiero estar enamorada”.

 

Lunademediatarde

 

P.D.: (Enhorabuena, que conste, a los agraciados).

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Cer-v(b)ez(s)a

8 febrero, 2012

Ella estaba al final de la barra de un bar y jugaba a dejarse querer por uno de sus amigos. Bebiendo de esas caricias que ni sienten ni padecen pero distraen la conciencia y la mente.

Él entró con un grupo en tropel y al cabo de veinte minutos tenía una cerveza en una mano y una mirada perdida en la otra. Y en una de esas en las que juega el azar con sus dados se fue a cruzar con los ojos de ella.

Ella se estremeció. Sintió como le daba el corazón un vuelco y a la jarra un trago largo. Apartó sutilmente al pobre diablo que le regalaba los oídos y sacó para él la más dulce de las sonrisas.

Él se acercó torpemente, arrastrando los pies y evitando contemplar sus labios. Se chocó contra un par de sillas y ante la vergüenza de él, ella reía.

–  Cuanto tiempo – dijeron casi a la vez. – Demasiado- pensó ella.

–  Estás preciosa.- Consiguió acertar a decir él. – Demasiado- pensó para sus adentros.

No se pudo contener ante la imponente y dulce figura de mujer y hombre desarmado. Y preguntó casi sin querer quien era aquel pobre diablo.

–  No es nadie – dijo ella con contundencia. Y no mentía, nadie era. – ¿Y tú? ¿Qué tal?- Escupió con fingida indiferencia.

–  Bien, bueno, la verdad… ya no estoy con ella.

–  Me aleg… quiero decir – corrigió tan rápido como pudo- lo siento…

Y pensó que le había sobrado la última cerveza.

–  Te jugó una mala pasada el alcohol.

–  Lo que sea…

–  Aunque una vez fue el alcohol el que me lanzó a robarte un beso.

Contuvo un instante la respiración y clavando en las pupilas diminutas de él sus profundos ojos verdes dijo con gran contundencia:

 Pues tómate dos copas y di que me echas de menos. 

Lunademediatarde