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Des-pe(r)dida.

26 septiembre, 2011

¿Alguna vez has entrado en algún lugar atestado de gente y sólo has visto a una persona? Te quedas paralizado. Cierras fuerte los ojos y vuelves a abrirlos pensando que es cosa de tu imaginación. Y al levantarse de nuevo tus párpados, afortunadamente, sigue ahí. Recuerdo como estaba apoyado en la mesa del profesor, la ropa que llevaba… e incluso algunos de los comentarios que hizo durante su exposición. No pude dejar de mirarle y notaba como una estúpida sonrisa se apoderaba de mi cara. Y por irracional o absurdo que parezca, no necesité más de un segundo para desear con todas mis fuerzas estar con él. El resto del tiempo que pude pasar a su lado fue tan sólo la confirmación de algo que supe en aquel instante. Salí de aquella clase temblando y casi sin respiración.

Tardé ocho meses en conseguirlo. Ocho meses en los que hice todas esas estupideces que uno cree que jamás estará dispuesto a hacer por nadie. Pero las hice. Porque toda mi sensatez, mi cordura, mi racionalidad y mi vergüenza me parecieron absolutamente prescindibles si a cambio conseguía estar con él. Y mereció la pena.

Y entonces me enamoré del modo en que tuerce la boca cuando está nervioso. De sus medias sonrisas y sus comentarios ingeniosos. Del modo en que agarra las mangas del jersey con la punta de los dedos. Me enamoré de unos besos que son cincuenta por ciento ternura y cincuenta por ciento pasión. De la suavidad de sus manos y del modo en que miraba mi boca justo antes de volver a besarme. Del tacto de mis uñas recorriendo su barba. Me enamoré de que escogiera la Princesa Prometida como primera película que viéramos juntos. De que se supiera los diálogos. De los ojos tristes con que me miraba esperando mi aprobación… Me enamoré de sus gustos fílmicos y musicales. De su lado freak. Y hasta del madridista. Y de Batman, sobre todo de Batman. Porque no conozco a una sola persona en el mundo que te facilite en un email el foco que alumbra el cielo de Gotham como modo de contacto. Me enamoré de todos esos detalles que recuerdas por encima de todo cuando ha pasado el tiempo. Me enamoré en definitiva de todas esas pequeñas cosas que hacen que una persona sea quien es. De esa persona. De él.

Y supe que me ibas a decir adiós en el instante en que agachaste la cabeza. Y el metro de distancia que había entre nosotros se convirtió en un millón de kilómetros. Y me fui como llegué; temblando y casi sin respiración.

Como desees…

Lunademediatarde