Archive for 30 noviembre 2010

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(H)él-ada.

30 noviembre, 2010

Despertarte hecha un ovillo entre las sábanas, y asomar la naricilla para ver como a través de la ventana no deja de llover. Escurrirte con la mayor de las perezas, rebuscar entre tu ropa la más calentita y vestirte rápido para que no se escape el calor acumulado. Abrigarte. Hasta arriba. Que casi ni asomen los ojillos entre la bufanda bajo la nariz y el gorro sobre las cejas.

 

Salir a la calle con algo de música, puesta la capucha y las manos en los bolsillos. Y mirar hacia el cielo para dejar caer la lluvia sobre tus párpados. Sacar la lengua para recoger esa gotita que ha saltado al vacío desde la punta de tu nariz. Sonreír. Disfrutar de la suave y helada brisa que deja tu piel blanca, tersa y fría. Y las mejillas coloradas, como una muñeca de porcelana que se pasea entre segura y perdida por las calles de una ciudad desierta. Sientes como el susurro del viento se cuela en los recovecos que no aciertas a esconder, y te estremeces.

 

Y caminas, no sabes muy bien a donde pero caminas. Porque adoras el invierno, porque ahora necesitas el invierno.  Cada puta gota de lluvia de cada día lluvioso. Cada copo de nieve por poco que dure el manto blanco cubriendo el cielo. Adoras el suelo lleno de las hojas que tornaron amarillentas en otoño y que el invierno ha dejado caer. La luz tenue del sol que apenas acierta a asomar tímido entre las nubes, que casi ni es capaz de salir cada mañana y que huye veloz a media tarde sobre el horizonte. El juego de colores de su suave luz. El modo en que pica tus mejillas rosadas, en que te hace entornar los ojos al mirar hacia arriba.

 

Te entretienes mirando el juego de las nubes colocándose en el cielo de un modo estratégico, buscando al sol, huyendo de él. Y las gotas, las que resbalan por el cristal helado y que miras desde un sofá, envuelta en una manta y con una taza de leche caliente entre las manos. Cada pequeño detalle de este universo que lo hace, al menos para mí, aquí, ahora;  jodidamente perfecto.

 

Lunademediatarde.

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Con-vencida.

23 noviembre, 2010

Tiene la extraña capacidad de desarmarte. Creas una estrategia elaborada, lógica, racional… ¡incluso inteligente!  Te creas en tu mente el modo exacto en que vas a estar por encima, en que no vas a caer en su red, te auto-convences.

Te auto-convences de que no te vuelves loca por esa media sonrisa. Te auto-convences de que no eres capaz de quedarte mirando esos ojos como una idiota durante horas. Te auto-convences de que no te mueres por aferrarte a esa espalda y apoyar tu cabeza sobre su nuca. Te auto-convences de que el lugar más en paz para ti en el universo no sería enredarte entre sus sábanas y acurrucarte en sus brazos. Te auto-convences de que no darías lo que fuera por besarle lenta y suavemente, por acariciar sus mejillas y entretejer su pelo con tus dedos mientras lo haces.

Te auto-convences de que no quieres oír ni una palabra más que venga de su boca. Te auto-convences de que no es hablar con él lo que más te apetece al final del día. Te auto-convences de que sólo con mirarte no te saca una sonrisa. Te auto-convences de que no quieres conocer hasta el último poro de su piel. Te auto-convences de que no darías lo que fuera porque te agarrara fuerte por la cintura y te mirara anonadado, mientras acaricia tu pelo y te devuelve la sonrisa. Te auto-convences de que en realidad no le quieres en tu vida, no te hace falta, no le necesitas. Te auto-convences.

Y digo yo, que si tienes que auto-convencerte tanto, ¿no será que piensas todo lo contrario?

Lunademediatarde.

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De-se(x)o.

17 noviembre, 2010

Que me muero por perderme en la falsa intimidad de estar solos, tú y yo, en medio de un parque abarrotado de gente. Esa falsa intimidad de unos ojos que se miran y no ven más allá del otro. Y sentir que el mundo se acaba donde se acaban tus manos. Que la curva que recorre la elíptica de mi órbita gravitatoria es la de tu cintura, y flotar en el espacio si me tocas.

Jugar entre tus sábanas a esconderme en la frondosidad de tu pelo. Y perderme en el desierto de tu espalda, subirme a tus pies para marcar del camino de vuelta a casa. Y hacerlo con los ojos vendados, que no tengo miedo si me guías y no hay mejor manera de saber que estas cerca que el modo en que se eriza el vello de mi nuca. Que el susurro de tu voz hace que se me dilaten las pupilas.

Y quiero acurrucarme en la cueva de tu ombligo y que tu cuello sea el clavo ardiendo al que me aferro para que no me lleve la tormenta. No quiero más luz que la de tu sonrisa, ni más ventanas a la inmensidad que tus ojos. Morder tu nariz tres veces al día mi alimento. Y tu boca, unos labios que juegan a encontrarse entre mis piernas; que hacen temblar hasta el último de mis cabellos. Esos labios cuyo roce hace estallar cualquier propósito que no sea eliminar la distancia entre tu piel y la mía. Que no quiero ni que corra el aire entre nosotros, que los milímetros están de más. Que quiero fundirme contigo en el calor del roce de nuestros cuerpos.

No quiero distancias, ni escusas, ni pretextos. Sólo quiero besos, sólo que te llenes la boca de mi cuerpo. Quiero que enredes tus dedos en mi pelo y que juegues a navegar en el valle de mis senos. Que gano yo cuando tus manos se pierden en la curva que hay entre mi espalda y mi trasero. Que no quiero más manos, más labios, más dedos… Que he encontrado en tu deseo mi deseo.

Lunademediatarde.

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Re-spiro.

14 noviembre, 2010

Necesito un segundo, un instante, un respiro, una parada… Necesito calma. Claridad. Serenidad. Relax… Un darme un paseo mientras retumba el cielo sobre mi cabeza, un pasear bajo la lluvia y estremecerme con el roce de las gotas que se cuelan por mi espalda. Necesito un sentarme en una playa desierta en pleno invierno y jugar a correr huyendo de las olas; un sentarme con un cuaderno y escupir los pensamientos que no me deja escapar la almohada. Necesito un sentarme en un banco en un parque a perderme en el estruendo de mi mente atormentada, un concentrarme en el caer de las hojas secas desde las copas de los árboles. Necesito un subir a un mirador tan alto como la luna y dejarme llevar entre las calles de la ciudad que bajo mis pies se extiende. Necesito un mirar el mundo a través de un objetivo y retratar emociones y capturar instantes. Necesito un coger papel y lápiz y dibujar lo que me inspire la música. Necesito un quedarme absorta en una ducha caliente, como paralizada, como loca. Necesito un mirar a través de la ventana y pensar un poco en todo y pensar un poco en nada. Necesito un sentir el aire frío en la cara. Necesito un qué se yo, necesito, necesito una parada.

Lunademediatarde.

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I-rracional.

13 noviembre, 2010

Cuando estas sólo después de que te hayan roto el corazón (una o varias veces, eso no importa) desarrollas tus propias teorías. Tus propias teorías acerca de cómo superar el dolor, de cómo ser capaz de seguir adelante sin tener la necesidad imperiosa de llenar ese vacío, de cómo en realidad no es tan difícil ni tan duro estar sólo y como eres feliz así ya que no necesitas a nadie. Pero no te las crees.

No te las crees porque en realidad no estás dispuesto a creértelas, no quieres hacerlo. Porque hacerlo significa renunciar a lo que tu corazón anhela. Y el corazón es muy difícil, sino imposible, de engañar.  Porque hay cosas que no puedes evitar, y compartir la vida con alguien es algo con lo que siempre soñamos. Que alguien nos quiera por lo que somos es algo que necesitamos.  Y sabes lo que buscar a alguien, que no sabes quién es ni donde se ha escondido significa… Sabes lo que duele equivocarse de persona.  Pero aún así, no te importa todo eso, lo cambias todo sólo por ese instante de felicidad en que crees haberla encontrado.

Sin embargo, ocurre que un día, en medio de una de esas absurdas disertaciones sobre la soledad, el destino, el amor y todo ese rollo; te lo crees. Te crees tus teorías. De verdad, no dudas, lo sientes. De pronto te das cuenta de que realmente no es tan malo estar sólo. Piensas que centrarte en tus amigos, tu familia y tu trabajo no puede estar tan mal. Crees de veras que hay alguien ahí fuera pero no te desespera el encontrarlo. Te lo crees.

Y entonces ocurre. Así, sin darte cuenta y casi sin pensarlo. Todos los esquemas, las teorías, los razonamientos. Todos los porqués, las corazas, las excusas, los pretextos… Desaparecen. La lógica aplastante, la racionalidad, se convierten en estupidez. Y no puedes evitarlo, por mucho que quieras, no puedes. Te pierdes en ese estúpido instante de felicidad en que crees haber encontrado a esa persona y olvidas todo lo demás, te entregas del modo más irracional que existe a lo que venga, tal como venga y acabe cuándo y cómo acabe. Porque aunque todos necesitamos finales felices, a veces lo importante no es el final.

Lunademediatarde.